Consulta privada

Para evitar el agobio de la espera, en sendas salas de las más diversas especialidades médicas que van desde laboratorios clínicos hasta consultas de especialistas, doy ávida lectura al libro de Jeff Jarvis: “Public Parts – How sharing in the digital age, improves the way we work and live”. Es un libro super interesante y muy relevante para mi proyecto de investigación.

Jarvis sustenta la importancia de ser partícipes en la esfera pública, la cual, en gran medida, actualmente está definida por nuestra presencia en el Internet y sus redes sociales. El principal argumento es que al abrirnos a la esfera pública nos damos a conocer, compartimos ideas y experiencias y aportamos y enriquecemos a la vida en comunidad. No por ello, el autor desdeña los riesgos de una total apertura y sin embargo, sostiene que las beneficios  superan a los perjuicios.

El libro me sabe distante, y paradójicamente actual en la consulta médica en Quito. A la usanza de la universidad danesa, me dispongo a buscar reseñas de tres neurólogos que nos recomienda un médico vascular (quien a su vez fue recomendado por un médico amigo), que podrían tratar la dolencia de mi madre.

Esta imagen se asemeja al librero del consultorio del neurólogo, poblado por empastados por año y edición del Journal of Neurology Foto: Stewart Butterfield (flickr) [CC BY 2.0 (http://creativecommons.org/licenses/by/2.0)%5D, via Wikimedia Commons

En Google, busco sus perfiles y por supuesto, sus publicaciones. Sus nombres constan en los listados por especialidad de las diferentes aseguradoras y foros médicos, junto con la dirección y el teléfono de su consulta privada. Publicaciones sobre su práctica no las encuentro en ninguna parte. El nombre de la universidad que les otorgó su especialidad médica aparece en el listado de uno de los hospitales. Nada más, ni un curso, ni una ponencia, me devuelve tan popular buscador. Definitivamente la consulta en Quito, es privada. Y su presencia en internet es aquella que caracteriza a la web 1.0: páginas estáticas con nombres y direcciones.

La web 2.0, caracterizada por las redes sociales virtuales y la participación de los usuarios como gestores y creadores de conocimiento, no ocupa espacio alguno a la hora de hablar de medicina en Quito. Aquí se conoce a uno u otro médico por recomendación a través de las redes sociales sí, pero no virtuales sino conexiones cercanas, físicas y más bien familiares: “A mi mamá le atendió tal médico, es excelente”; “El médico cual es un carnicero, ni me examinó y ya programó la operación”.

A esto se suma que debo tratarme tres dientes antes de regresar a Dinamarca. Dos coronas que me colocó mi antiguo dentista resultaron un fracaso. Me recomiendan un nuevo odontólogo.

Asisto a su consulta y me desayuno que se trata de un “rehabilitador oral” (hasta entonces desconocía las especialidades de odontología). Por supuesto, tampoco hallo con facilidad a mi nuevo doctor en el Internet. Luego de una larga y trabajosa búsqueda, encuentro el título de su tesis de especialidad en el Brasil y el nombre de los profesores de su tribunal de grado. Para mi alegría, su tesis es pertinente para mi tratamiento, lo que borra inmediatamente todo recuerdo de la hinchazón del labio, producto del forcejeo con el instrumental dental. Me coloca coronas e-max. Busco pros y contras de ellas en el Internet. Tal parece que me durarán por largo tiempo. Respiro.

Mientras escribo esta entrada en el blog, mi papá discute por teléfono acaloradamente con el servicio técnico de la proveedora de Internet. La red está caída pese a que hace una semana nos instalaron un nuevo módem. El servicio es inestable, va y viene todo el día. Mi papá sólo lo nota por la noche, cuando se conecta para revisar alguna noticia o cuando se comunica por Skype con sus nietos. En Dinamarca, tener internet así sería intolerable. Allá el recuerdo de la telefonía fija está archivado en el mismo cajón del VHS, el tocacintas y la disquetera: el Internet es fundamental y las redes sociales virtuales son las que nutren de información.

Lo paradójico es que, pese a que la telefonía fija prima en Quito, por costos y por costumbre frente al teléfono celular que le pisa los talones, la apropiación del internet por parte de los ecuatorianos, tanto hombres como mujeres, jóvenes y adultos, aún no es tal, por lo menos en lo que yo he podido constatar en las últimas semanas.

Pero en el ámbito político, la esfera publica del Internet es grandilocuente. Así hoy, la SECOM anunció el inicio del proceso de disolución de Fundamedios (la veeduría ciudadana de la libertad de expresión) “por divulgar y promover contenidos de blogs de opinión independientes”. No quiero ahondar en el tema, pues realmente no conozco nada sobre el caso. Simplemente me remito a este irrisorio argumento. En un país en donde algo tan importante como la salud y la práctica médica no están en el internet (cuya provisión es mala y su uso es exiguo), me pregunto ¿reproducir un texto de un blog es motivo suficiente para perder la personería jurídica? En otras palabras, se está penando convertir al blog, que en esencia es algo privado, en un texto público.

Pasar de lo privado a lo público es el reto que propone el internet; pasar de las estrechas redes sociales familiares a una amplia esfera pública en donde muchos tenemos muchísimo que aportar sobre diversidad de temas.

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