¿Cambia?

“Cambia lo superficial”, dice la primera frase de Todo Cambia, de Mercedes Sosa. Y así es, entro a Quito por una autopista gigante, amplia … y árida, empolvada, gris, sin rastro de vegetación ni vida. Irónico nombre “Ruta Viva”: negro asfalto entre montañas de tierra seca, en el rico y frondoso valle de Tumbaco … todo cambia, pienso.

No ha pasado tanto tiempo, son dos años desde que salí de Quito. La ciudad, sus comercios, casi todo luce igual y también, cambia en lo superficial. El letrero del centro comercial, el de la cadena de zapatos, el de la tienda del barrio y el del proveedor de Internet, están todos desvaídos. Por el sol, ¡claro!

Aunque quizás es más bien porque el presupuesto para mantenimiento nunca está contemplado. Así, las casas no se pintan, las calles están llenas de baches que solamente se superan por las aceras que son de película de terror. Es que ¿a nadie le importan los peatones? Las veredas están rotas, los bordillos desaparecidos, resquebrajados amén de los carros que parquean sobre ellas. Y la basura, ubicua.

Voy a Santa Clara y me parqueo en zona “casi” azul (pintado en el pavimento pero el cuidador me explica que ya no es). Y cuando regreso, el vidrio derecho del lado de la acera (rota, sucia y maltrecha, como las del barrio de mi casa) está roto.  Roto, destrozado, el carro abierto. Robado. El cuidador, ya no está. Los peatones ven con desdén el panorama: otro robo más. Normal, como los huecos en la vereda, como tirar a la calle el papel del helado. Normal.

No salgo del shock y me acuerdo del porqué de mi visita, que mi padre está vivo “porque Dios es grande” después de haber sido baleado por no entregarle el dinero que retiró del banco al ladrón que le persiguió en moto y le disparó a las 12 del día en la Av. República. ¿Normal?

Los pirómanos, de los más torpes entre los torpes! - David Guzmán Figueroa desdelpupo.blogspot.com

Los pirómanos, de los más torpes entre los torpes! – David Guzmán Figueroa desdelpupo.blogspot.com

Mientras espero por un nuevo vidrio para el auto, dos señoras guapas, oficinistas sobre los 40 años fuman y conversan alegremente a la salida de la tienda. Acaban los tabacos y tiran las colillas a la vereda. Me pregunto, ¿quién tiene que barrerlas? Cándidamente les cuestiono por qué lanzan las colillas en lugar de ponerlas en el basurero que el tendero ha dispuesto junto a la banca en la que estaban sentadas. La una, tuerce los ojos y mira para otro lado, la otra, costeña me responde alevosa: porque aún están encendidos.

Alzo la vista al Pichincha y veo un enorme incendio forestal … seguro que otra amiga de las guapas señoras, que no podían dañarse las uñas apagando la colilla estuvo por ahí.

Entonces … se equivocó la negra Sosa ¡NADA CAMBIA!

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